Vivimos en un mundo que se mueve a paso acelerado. Las presiones sociales, deportivas, personales, laborales y hasta estudiantiles producen que las personas se sometan a estados de ansiedad que, en niveles moderados, ayudan a enfocarse, trabajar en un estado de alerta óptimo y hasta mejorar su rendimiento y concentración. Inclusive, la ansiedad puede ser un aliado fundamental en situaciones de peligro, ya que la persona puede actuar de forma más veloz para evitar el riesgo. Sin embargo, esta herramienta natural que tiene el cuerpo también puede ser contraproducente.

“El problema es que los altos niveles de ansiedad pueden reducir la capacidad de las personas para pensar, planificar y completar tareas complejas en situaciones difíciles”, expresa un estudio de la Academia de Psiquiatría de Australia y Nueva Zelanda. “Aquellas personas con estos desórdenes pueden experimentar un estado de ansiedad extremo que les producen mucho miedo y preocupación. En estos casos, los estados más severos impiden actuar en cualquier tipo de situación”.

Cuando esto sucede, entran en juego lo que los médicos denominaron como “patrones de pensamientos inútiles”. Es decir, que estas personas asocian sus propios miedos y preocupaciones (“lo que podría suceder si…”) y esto los lleva directamente a la inacción. Si se comienza a detectar alguno de estos síntomas, hay que visitar a un especialista para empezar a tratarlo.

Existen tres categorías para individualizar a cada persona que sufre de ansiedad:

  • Trastorno de pánico: son ataques repentinos de miedo o ansiedad (en general, breves, pero graves porque la persona piensa que puede morir).
  • Trastornos de ansiedad social: miedo y evitación de situaciones en las que la persona piensa que podría ser el centro de atención, la preocupación por hacer o decir algo vergonzoso y que otros pueden notar la ansiedad y ser críticos.
  • Trastorno de ansiedad generalizada: meses de preocupación excesiva por las cosas de la vida cotidiana, evitando o buscando confianza en situaciones en las que el resultado es incierto, y preocupándose demasiado por las cosas que podrían salir mal.

Es por eso que los médicos deben trabajar de cerca con sus pacientes para individualizar el tratamiento, con un fuerte foco en la seguridad, aceptabilidad y accesibilidad de cada persona. Las distintas terapias y métodos de respiración lenta son efectivos y pueden ayudar a que las personas se calmen.

A su vez, es posible tratar la ansiedad sin medicar a los pacientes (salvo casos graves). Muchas personas solo necesitan que les digan que pueden ser tratados —muchas veces por los mismo médicos— para comenzar con su recuperación. Es tarea del círculo íntimo y los médicos intervenir y trabajar en conjunto para ayudar a las personas que sufren de estos casos.

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